Los ladridos de la perrada y "masa ignorante" que apoya a AMLO

Amlofobia.
La furia amlofóbica no se limita al candidato sino que se extiende a sus simpatizantes
Amlofobia.
La furia amlofóbica no se limita al candidato sino que se extiende a sus simpatizantes

Los ladridos de la perrada y "masa ignorante" que apoya a AMLO

Amlofobia.La furia amlofóbica no se limita al candidato sino que se extiende a sus simpatizantes
Nación321
Héctor Alejandro Quintanar
Académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Hradec Králové
2019-05-23 |07:26 Hrs.Actualización07:26 Hrs.


El 2006 fue un punto de quiebre en México en términos de propaganda. Si bien las campañas de desprestigio no eran una cuestión nueva en nuestro país, el PAN, y su entonces militante Felipe Calderón, llevaron a un grado superlativo la violencia simbólica para tratar de acabar con su principal adversario, el entonces candidato Andrés Manuel López Obrador.

Y con esa campaña (el inolvidable "AMLO es un peligro para México") Calderón ganó reflectores, pero perdió la dignidad y contaminó de forma irremediable la contienda al trocar las reglas del juego limpio por una tesis más digna de un cártel que de un partido: "Haiga sido como haiga sido".

Como señaló en su momento Carlos Monsiváis, ya para entonces López Obrador figuraba como uno de los políticos más atacados en México desde Francisco I. Madero. Pero la furia amlofóbica en ese año significó que la injuria y la agresión no se limitaran al candidato sino que se extendieran a sus simpatizantes.

No bastaba con enfocar las baterías contra AMLO, sino también hacer lo propio contra sus seguidores, lo suficientemente tontos, holgazanes, revoltosos, serviles o ciegos como para no darse cuenta de que el aspirante de su preferencia era un “grave riesgo”. Diversas voces del debate público mexicano, sin matizar sus fobias, han hecho patente su desprecio a la variedad de seguidores de López Obrador desde entonces, con diferentes etiquetas agresivas.

Aquí algunas de ellas:

-Jodidos, prietos sin varo (Pedro Torreblanca, 2014)

-Bola de renegados (Vicente Fox, 2006)

-Huestes de carne de cañón (David Romero Ceyde, 2006)

-Súbditos de un orate (Diego Fernández de Cevallos, 2018)

-Feligresía irracional (Isabel Turrent, 2018)

-Perrada (Vicente Fox, 2018)

-Medida de miseria humana (Enrique Krauze, 2008)

-Pejechairos (Felipe Calderón, 2018)

-Legión de idiotas (Ricardo Alemán, 2018)

-Bola de huevones (Margarita Saldaña, 2006)

-Chairos huevones (David Páramo, 2018)

-Violentos, macheteros amarillos (Roberto Madrazo, 2006)

-Resentidos sociales, pobres y sin estudios (Carmen Salinas, 2018)

-Prietos que no aprietan (Enrique Ochoa Reza, 2018)

-Pendejos (Joaquín López Dóriga, 2018)

-Pejezombies (Jaime Rodríguez El Bronco, 2018)

-Hordas agresivas defensoras de Duarte (Yuriria Sierra, 2016)

-Son un zoológico (Macario Schettino, 2018)

-Nazis violentos (Francisco Calderón, 2008)

-Masa ignorante (Víctor Trujillo Brozo, 2019)

Esos asertos entrañan visos preocupantes de clasismo, racismo y engañifas. Dicen más de la incapacidad analítica de los emisores que del perfil social de los destinatarios. Con el agravante de que algunos muestran una vertiente inédita en la discusión pública: políticos y analistas dirigiendo sus anatemas no a otros políticos y analistas en igualdad de circunstancias… sino a militantes en general, a ciudadanos de a pie que evidentemente no gozan del mismo foro que ellos.

Habituados a pontificar y no a dialogar, los creadores de esas etiquetas fúricas se quejan de “censura”, “linchamiento”,  “polarización”, “división del país” cuando a través de los espacios a su alcance —como las redes— la gente les responde a sus invectivas, en una salida tangencial propia de las derechas más rupestres en el mundo: ser agresores con discurso de agredidos.

Y en esas quejas de “censura” y “división” subyace el problema fundamental de todo: reducir una dinámica clasista a un asunto sobre una mal entendida libertad de expresión unilateral, donde si el de arriba insulta  “argumenta”, mientras si el de abajo contesta es “intolerante”. Pareciera que esas voces públicas esperan que luego de emitir sus generalizaciones groseras, los aludidos agachen la cabeza y les respondan “sí, señor”. De lo contrario estarán “polarizando”.

Reacciones como esa ponen de relieve lo sabido desde 2006 hasta hoy que AMLO gobierna: para ciertas élites (o desclasados que se sienten parte de ellas) el tabasqueño y sus seguidores son en sí mismos motivo de escarnio, más allá de sus proyectos, más allá de sus actos. Tal cuestión se vislumbró en la más reciente marcha de protesta contra el presidente, en donde los pocos que participaron no salieron a visibilizar un problema o a pedir resolución a una desventaja social sino que salieron a impugnar a AMLO y exigirle su renuncia a cinco meses de su mandato iniciado con la mayor cauda de legitimidad en la historia… sólo porque el personaje en sí les genera resquemor.

La marcha de marras ratificó esta cuestión y en algunos casos tomó tintes de alerta: en consignas como la del hombre agresivo que acusaba que los votantes de AMLO “tienen el cerebro más pequeño” no anida un sentido crítico sino el huevo de la serpiente.  Ni qué decir del par de personajes captados en esa marcha que instaban al magnicidio del presidente de la República.

En este pandemónium, sin embargo, se evade lo grave (y lo obvio): López Obrador no es el origen de la división ni la polarización de México. Ese origen está en las desigualdades económica, política y social que al país aquejan desde hace mucho. En las bregas simbólicas derivadas de esas inequidades, es un error acusar de causante de las mismas a quien precisamente las ha venido denunciando desde hace años.

La oposición a López Obrador tiene hoy una tarea titánica, puesto que se encuentra aún huérfana de ideas, liderazgos y simpatizantes numerosos. Por el bien de todos, habrían de enfocar sus baterías en construirlos en pos de la democracia, en vez de suplirlos con incitaciones al asesinato del presidente y con escarnio clasista contra sus simpatizantes. Paradójicamente, sólo bajándose de su artificioso pedestal, ese sector elitista logrará elevar el debate.

*Héctor Quintanar es académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, actualmente doctorante en Estudios Latinoamericanos y profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Hradec Králové en la República Checa. Autor del libro 'Las raíces del Movimiento Regeneración Nacional'.