Enrique Quintana: Los tres años que faltan

Tres años de claroscuros en el poder
Tres años de claroscuros en el poder
AMLO.Tres años de claroscuros en el poder
Cuartoscuro
autor
Enrique Quintana
Director General Editorial de El Financiero.
2021-12-01 |08:23 Hrs.Actualización08:23 Hrs.

Hace tres años exactamente asumía la Presidencia de la República Andrés Manuel López Obrador. Hoy por la tarde lo celebrará en el Zócalo. Aquel sábado 1 de diciembre de 2018 comenzaba una nueva etapa en la historia del país.

Un candidato proveniente de la izquierda llegaba al Poder Ejecutivo.

Se decía entonces que todavía teníamos que conocer al López Obrador presidente.

Se presumía que sería diferente que como candidato, pues en campaña buscó el apoyo de los votantes para ganar la elección y en la Presidencia de la República habría de ejercer el poder para todos.

Sus acciones al frente del entonces Distrito Federal, cuando fue Jefe de Gobierno hacían esperar un comportamiento pragmático más allá de sus inclinaciones ideológicas.

El político mesiánico que a veces aparecía en las campañas electorales debería dejar espacio a un gobernante que pudiera garantizar la estabilidad y el crecimiento del país, por su propio interés.

Aunque ya para entonces había anunciado que el proyecto del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México habría de cancelarse, algunos pensaban que sólo había sido un golpe inicial para establecer con claridad quién detentaba el poder en México.

Se consideraba que a partir de aquel 1 de diciembre de 2018 habría de emprender un gobierno que tendría, sí, una política social muy activa pero que no inhibiría la inversión privada pues la requería para que el país creciera.

En aquel mismo diciembre, esa visión parecía confirmarse con un Paquete Económico para 2019 que resultaba sensato y que no dio lugar a la desconfianza de los mercados financieros.

Por esa razón mientras que en junio, a un par de semanas de la elección, el dólar llegó a 20.55 pesos, cerró el 2018 en 19.65.

En estos tres años, lamentablemente, las cosas cambiaron.

No sólo no hubo crecimiento de la economía, sino que ha existido un intenso proceso de destrucción institucional que se ha llevado adelante en nombre de la ‘cuarta transformación’, que ha empobrecido al país.

La bandera con la cual llegó este gobierno, el combate a la corrupción, ha tenido escasos resultados y su ineficacia quedó reflejada en aquella imagen de Emilio Lozoya comiendo en el Hunan.

Además, en el camino se atravesó la crisis sanitaria más grave del último siglo que dio lugar a un desplome sin precedentes de la actividad económica y a la tragedia de más de 600 mil fallecidos en exceso desde marzo del 2020.

Aún si la economía creciera 6 por ciento este año, el saldo de los primeros tres de esta administración sería un retroceso de 5 por ciento respecto a 2018.

Pero quizás lo más grave es que el desplome de la inversión dejaría está importantísima variable casi 11 por abajo del nivel que tenía en 2018.

Incluso en materia del combate a la pobreza, que fue otra de las banderas de la actual administración, las cifras del Coneval reflejan un incremento.

Incluso, variables financieras que habían mantenido la estabilidad en los primeros años de la administración como la inflación y el tipo de cambio, también terminarán mal el tercer año.

La inflación al cierre de noviembre estará por arriba del 7 por ciento y será la más elevada en 20 años. La depreciación de nuestra moneda será de 9 por ciento en estos tres años.

Queda la interrogante de cómo será la segunda mitad de este gobierno. Sostengo que en estos meses nos encontramos en un cruce de caminos.

Hay una bifurcación. Una de las rutas nos conduce a un periodo convulso que generaría una crisis política en México que probablemente se transmita a la economía.

Sería un periodo de enfrentamientos si el presidente persevera en su radicalización, tratando de extirpar de la sociedad mexicana aquello que a él le parecen viveros del neoliberalismo, llámese INE, Banxico, CIDE, UNAM o el aspiracionismo de las clases medias.

La otra senda es aquella en la que las circunstancias lo limitan y no puede ir hasta dónde él quiere, apostando a que sea en el siguiente sexenio, su sucesor o sucesora, quien termine su obra y consolide su legado.

Ni siquiera hay que preguntarse cuál es el camino deseable para el país.

El discurso de esta tarde en el Zócalo nos dará más indicios.